La derrota

Por: Miguel Castillo

 

La conocí después del último partido de la selección en un mundial. Ese día papá consiguió dos entradas para ver el partido en un teatro, en pantalla gigante. Si ganábamos estaríamos en la siguiente ronda; entre empatar y perder la diferencia radicaba solamente en la diferencia de goles. Me gusta recordarme a mí mismo caminando por la calle agarrado de la mano de papá. Yo estaba feliz y cada vez que lo miraba parecía que él también lo estaba. Cuando nos sentamos en nuestros puestos ya habían apagado la luz y tropecé algunas veces, pero aun así papá no se molestó.

En los himnos la selección de Inglaterra se veía enorme en comparación a la nuestra, que asemejaba más a un conjunto de imitadores de un equipo de fútbol. Y a pesar de esto, el principio del partido parecía prometer la victoria. “Vamos a ganar”, me dijo papá esperanzado a los ojos. Nunca antes lo había visto así conmigo y por eso también creí que ganaríamos. Incluso cuando al final del primer tiempo un tiro libro terminó al interior de nuestro arco y todos adentro del teatro se callaron, seguí creyendo que podríamos ganar. En el descanso encendieron las luces y papá me dijo que saliéramos a tomar. Lo dijo así, “vamos por unas cervezas”, como si tuviéramos la misma edad y fuéramos amigos. Una vez afuera él pidió una gaseosa y dos cervezas, las cuales tomó una inmediatamente después de la otra.

Del segundo tiempo sólo puedo recordar otro gol y al número uno de nuestro equipo llorando y siendo consolado por el bando enemigo. Papá le dijo maricón y no volvió a hablar en el resto del día. Le pregunté si habría otro partido pero lo único que hizo fue guardar silencio y seguir conduciendo por unas calles que yo no nunca antes había visto en mi vida.

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El abuelo de la casa verde

Por: Juana Gómez Gómez

Una persona cualquiera escribe sin querer queriendo, resulta no ser difícil pero tampoco fácil, ahí si no sé que decir. El sale y solo observa como el silencio de la noche se convierte en un desorden de sonidos mientras el día empieza; pasan trecientas cincuenta y siete personas por su puerta cada medio día y más tres mil niños de la escuela del lado, cinco de ellos lo saludan y dos mil y el resto lo miran como si fuese un  PNI (persona no identificada). Al menos el mira y solo se preocupa por responderles bien con su mirada desconcertante. Se preocupa por cuidar el sauce que sembró cuando apenas empezaba a acostumbrarse a la vecindad, tenía nueve y ya entendía a los adultos, no era nuevo en clase, era limpio y comía cinco frutas diarias; decía que eso ayudaba a silbar tan fuerte que las aves podían llegar a el por su alimento. Jugaba en desorden, y hacía lo de él. Vestía “raro” ó al menos eso decían en la escuela, casi siempre llevaba los cordones desatados y siempre vestía de blanco…

Todos han abandonado el barrio, solo quedan casas vacías con el silencio encerrado en ellas, al parque ya no van niños, el señor de los helados se dedicó a pegar zapatos  y él tuvo que empezar a hacer amigos imaginarios. El abuelo de la casa verde ya no es un niño pero cuenta historias como si lo fuera, no mira raro pero es desconcertante escucharlo hablar… “vestía de blanco y la gente solo se fijaba en mis zapatos rojos y desaliñados de tanto andar” dijo. Con el tiempo he aprendido a ver y no a mirar, continuaba, he aprendido a oír escuchando y he aprendido a ver el blanco desde otro punto de vista, el real; el blanco no es blanco totalmente, el blanco es el color comodín de los demás colores y es el resultado de un aura en limpieza.

El abuelo saca debajo de la ruana una foto, una foto vieja, unas gafas sin limpiar y se las pone mientras señala la niña de la foto, solo espera que quizá yo diga algo, pero…

mientras el continua yo solo empiezo a imaginarme cada cosa de las que el narra con seriedad y algo de ternura al mismo tiempo: fue ella la que me enseñó a decir lo siento, jugábamos cada mañana en la rueda de en frente, yo compartía mis frutas con ella y entonces llegaban las aves mientras le enseñaba a silbar, inventábamos historias, hacíamos maromas y muy tarde al final del día nos inventábamos un lugar para ponerle nombre a las estrellas y llenar los espacios en medio de ellas con colores y letreros para que la gente recordara el amor, el amor verdadero, el amor que se viste de blanco.

Los días se volvían cortos de todo lo que podíamos hacer; cuenta el abuelo, las noches se convertían en magia volando por la habitación de solo recordar el nombre de las estrellas y los colores del espacio entre ellas.

Los años pasaron y ella tuvo que dejar la vecindad también, tuve que limpiar los recuerdos y organizarlos al revés pintarlos de blanco, del blanco verdadero, el sauce cambió de parecer y ahora compartía mas tiempo con migo; fui creciendo y fui olvidando, fui cambiando y fui contando; ya el tiempo no era tan corto como antes, mi adultez fue llegando y con ella su memoria, sus recuerdos, los nombres, la vecindad, los colores y ella (señaló la foto), mis gafas ya están sucias, ven colores casi blancos que no llegarán a serlo; el hombre de ahora trae copias malinterpretadas del amor, réplicas mal hechas de la vida, y sueños despiertos de alegría…

Hoy en día el abuelo de la casa de verde sale muy temprano a recordar que el blanco blanco si existió y a pensar junto al viejo sauce que recuerda su niñez, el nombre de las estrellas que esporádicamente se ven, mientras camina, recorre y le da vueltas al parque que guarda sus pensamientos empeñados  y la sonrisa de ella, ahora ya no puede  morder una manzana, pero las aves lo conocen y llegan a el sin necesidad de silbarles. El ahora después de unos cuantos pasos se cansa y toma asiento, respira y sigue esperando volver  a ver la vecindad tranquila como antes, la amabilidad en el saludo de la gente y que ojala esas trescientas cincuenta y siete personas y tres mil niños puedan andar con los zapatos sueltos sin pensar en caerse así no se vistan de blanco.

El Príncipe

Por: Diana Sánchez

 

 

El príncipe entró al castillo y sigiloso pero veloz recorrió cada una de las habitaciones. Sabía que pronto aparecería el dragón. En la habitación principal estaba, más no la princesa. Sin dudarlo, atacó a la bestia. Ésta, más grande y fuerte le devoró casi agradecida porque hacía mucho que no comía. La princesa entró al castillo porque su padre, el rey, no pasaría por la vergüenza de hacer pública la maldición de su hija. La princesa recorrió pausada todos los aposentos y halló al dragón a los pies de la única cama que había en todo el lugar. Pensó para sí, que este era el engendro destinado a evitarle la salvación, sin embargo, tal monstruo casi amablemente abandonó el sitio… pasaron los días, quién sabe cuántos, y de a pocos se fueron acercando. La princesa conoció su lenguaje a pesar de no comprender nunca cuál era su propia maldición. Así, con aprecio y paciencia, que se fueron convirtiendo en un profundo cariño, descubrió que el pseudo animal era también victima de su propio castigo. En el propósito de librarle de su mal, le amó y supo que a su manera, también era correspondida en su cariño… en la media noche de un día cualquiera, por motivos indefinidos para los partícipes del hechizo, este se rompió, dejando al descubierto, debajo de las escamas del demonio a una bella princesa que seguía amando con pasión a su salvadora y ésta a su vez comprendió que era en realidad la heroína de la historia.

La última, otra vez

Por: Juana Gómez Gómez

Recuerdo haber escuchado el cartero gritar: “señorita Rangel, señorita Rangel, tiene usted una carta firmada por los demás”. Recuerdo coloridas y esporádicas cintas en el viento, recuerdo con facilidad el último abrazo, el ultimo beso, recuerdo que no quería nada, solo caminar, recuerdo el olor de su cuerpo y el osado ritmo que acostumbraba a sonar; ahora entiendo más de una cosa, y en el suspenso del universo puedo ver algo más que la última vez, puedo recordar como vestía cuando estaba de luto; recuerdo también la alegría que compartía mientras veía sus labios húmedos de besos, su mano izquierda más grande que la mía; recuerdo la mancha roja en la pared blanca que se borró con el tiempo…

Tengo un recuerdo, dos recuerdos, tres y mil recuerdos en un puñado de ilusiones que guardo antes de volver a decir por última vez, señorita Rangel.

-Santo Cielo

Por: Juan Carlos Gómez


—Yo quiero estar en los libros de historia, carajo, ¡no se puede acabar el mundo!

—Es inevitable, Carlitos.

— ¡Yo lo voy a evitar!

— ¿Y cómo?

—Voy a hablar con Dios.

—Oye, ¿te has vuelto loco?

El niño le gritó, ¡Carlitos, ven, oye!; pero Carlitos no hizo caso y se fue para la casa de Dios. Cuando llegó Dios tomaba un baño en una piscina verdosa y llena de sapos.

— ¿A la orden? —Le dijo Dios— ¿Se le ofrece algo?

—Sí, salga, necesito hablar con usted.

— ¿Puede ser en otro momento?

—De ninguna manera, salga ya.

—Está bien, date la vuelta.

Dios salió de la piscina, se puso la toalla y dijo:

—Hace calor…

—De eso vengo a hablarle.

—Bien, aplazaré la afeitada para mañana, ¿ves cuán crecida tengo la barba?

—Si se afeita nadie lo va a reconocer.

—Eso es lo de menos, Carlitos.

—Allá usted, Dios.

Pasaron dos ángeles tocando arpa.

— ¿Y bien?

—Quiero saber cómo va terminar todo esto, tanto calor, terremotos e inundaciones, ¿es verdad que el mundo se acaba en el 2012?

—Maldito Sebastián, ¡lo voy a ahorcar!

— ¿Cómo dice?

— ¿Va a negar que se lo ha contado Sebastián?

— ¿Sebastián?… ni lo conozco.

— ¿No?

— ¿Entonces es cierto?

—Pues…

— ¡Vamos, ya todo el mundo lo sabe!

— ¿En serio?

—Sí, hombre, hasta en Venezuela.

El diablo pasó por encima en un potrillo azul.

—Pero, dígame, ¿por qué quiere acabar el mundo?

—Ya es tiempo, Carlitos, no lo vas a entender.

—Pero yo no me quiero morir…

—No vas a morir…

— ¿No?

—Bueno… quiero decir…

—Que yo no importo, ¿verdad?

—No, no es eso.

—Que lo que yo piense es lo de menos, ¿cierto?, que por encima de todo hay otros intereses realmente importantes que nada tiene que ver con mi inútil existencia, ¿verdad? ¡Demonios!

—Ah, no; no venga a hablar de demonios en mi casa porque lo pongo de patitas en la calle…

—Bueno, bueno; pero entonces espere a que me muera de viejo. Quiero hacer algo extravagante para que otros lean sobre mí en los libros de historia.

—La historia está llena de guerra, Carlitos, ¿eso es lo que quieres, una guerra? Es un poco egoísta de tu parte, ¿no crees?

—A mí me parece egoísta que quieras acabar el mundo en el 2012.

—Bueno, eso es lo que pienso hacer, pero queda más de un año para que llegue el gran día, en cualquier momento puedo cambiar de decisión…

—De esa manera te burlarías del traidor del Sebastián… ¡y de los puffers que dijeron que este día se acabaría el mundo!

—Es cierto, oye, no lo había pensado…

— ¡Sería genial que no pasara nada!

— ¿Tú crees?

—No lo creo, estoy seguro.

—Bien, déjame pensarlo, pero no te aseguro nada…

Carlitos se quedó esperando que Dios terminara de pensar. Como vio que se iba le preguntó:

— ¿Y para donde va?

—Voy a dar un paseo en mi coche volador invisible —dijo—, ¡nos vemos!

Sobre como me convertí en lo mejor de lo peor

Por: Maria Camila Núñez Bergsneider


Otra vez está resolana horrible que me da en todas las bruces. Me he bañado como quinientas mil veces y nada que me pasa el calor, característica exquisita de está ciudad dueña de unas calles que en este momento parecen ruinas debido a la construcción-destrucción de un sistema de transporte masivo.

Todas estas situaciones reunidas me acuerdan a un día húmedo muy al estilo de las calles inglesas de la época de Jack el Destripador, que imagino se la pasaba dando vueltas, fumando Opio y matando a una que otra putita. En fin, ese día que había mencionado no parecía ser nada diferente a los demás del montón, sólo que en la mañana me olió a tierra mojada pero nada para extrañarse. Salí a dar mi paseo matutino y de nuevo me encontré con ese autoproclamado salvador de otro planeta, no tolero su traje ajustado azul y rojo como de maricón, ese es mi problema, si hubiera desayunado mejor lo hubiera golpeado pero preferí seguir derecho y saludarlo con una sonrisa brillante que seguramente va a ser de lo último rememore antes de morir.

Por fin llegué a mi destino, un lago que hay por acá cerca, me senté donde suelo hacerlo, es un banquito medio improvisado donde puedo ver perfectamente unos pececitos naranjas en medio de unas rosas. ¡Cómo me gusta ese lugar, todos sus colores y olores! Seguía distraído contemplando el cuadro cuando me susurran algo desde un poco más arriba de ultratumba. No pregunten cómo supe que era a mí al que llamaban porque no tengo idea, lo supe y ya. Era un sapo con pantaloneta de flores y camisa manga sisa, venía en una bicicleta un poco oxidada, concentró sus ojos rojos en mí y me entrego un papelito con sangre seca y apestosa en uno de sus bordes. Apenas terminé de leer la pequeña bestia se retiró. No había nada escrito, estaba en blanco pero era lo que yo había temido durante toda mi vida, sabía lo que eso significaba, por fin había sucedido.


Me devolví a la casa, no preocupado si no ansioso, me puse rápido una ropa nueva que había comprado mientras movía nervioso una pierna y me dirigí justo a la mitad de una de las calles más transitadas de está ciudad. Tan feliz, desordenado pero radiante como siempre, corrí a mi objetivo, unas princesitas de Disney con sus mascotas, las violé a todas de pies a cabeza y después solté a los animalitos, ellos no tienen la culpa, pobrecitos. Todas sabían a usado.

Así es, ese soy yo, no caben dudas, acá estoy para enseñarles los mil desusos de la Urbanidad de Carreño y darles unas clases de cómo no abrirle la puerta a nadie ni recibir dulces de extraños. Ese soy yo amiguitos, ese es Don Siniestro que no viene a hacer nada útil por ustedes, ni ahora ni nunca.