El abuelo de la casa verde

Por: Juana Gómez Gómez

Una persona cualquiera escribe sin querer queriendo, resulta no ser difícil pero tampoco fácil, ahí si no sé que decir. El sale y solo observa como el silencio de la noche se convierte en un desorden de sonidos mientras el día empieza; pasan trecientas cincuenta y siete personas por su puerta cada medio día y más tres mil niños de la escuela del lado, cinco de ellos lo saludan y dos mil y el resto lo miran como si fuese un  PNI (persona no identificada). Al menos el mira y solo se preocupa por responderles bien con su mirada desconcertante. Se preocupa por cuidar el sauce que sembró cuando apenas empezaba a acostumbrarse a la vecindad, tenía nueve y ya entendía a los adultos, no era nuevo en clase, era limpio y comía cinco frutas diarias; decía que eso ayudaba a silbar tan fuerte que las aves podían llegar a el por su alimento. Jugaba en desorden, y hacía lo de él. Vestía “raro” ó al menos eso decían en la escuela, casi siempre llevaba los cordones desatados y siempre vestía de blanco…

Todos han abandonado el barrio, solo quedan casas vacías con el silencio encerrado en ellas, al parque ya no van niños, el señor de los helados se dedicó a pegar zapatos  y él tuvo que empezar a hacer amigos imaginarios. El abuelo de la casa verde ya no es un niño pero cuenta historias como si lo fuera, no mira raro pero es desconcertante escucharlo hablar… “vestía de blanco y la gente solo se fijaba en mis zapatos rojos y desaliñados de tanto andar” dijo. Con el tiempo he aprendido a ver y no a mirar, continuaba, he aprendido a oír escuchando y he aprendido a ver el blanco desde otro punto de vista, el real; el blanco no es blanco totalmente, el blanco es el color comodín de los demás colores y es el resultado de un aura en limpieza.

El abuelo saca debajo de la ruana una foto, una foto vieja, unas gafas sin limpiar y se las pone mientras señala la niña de la foto, solo espera que quizá yo diga algo, pero…

mientras el continua yo solo empiezo a imaginarme cada cosa de las que el narra con seriedad y algo de ternura al mismo tiempo: fue ella la que me enseñó a decir lo siento, jugábamos cada mañana en la rueda de en frente, yo compartía mis frutas con ella y entonces llegaban las aves mientras le enseñaba a silbar, inventábamos historias, hacíamos maromas y muy tarde al final del día nos inventábamos un lugar para ponerle nombre a las estrellas y llenar los espacios en medio de ellas con colores y letreros para que la gente recordara el amor, el amor verdadero, el amor que se viste de blanco.

Los días se volvían cortos de todo lo que podíamos hacer; cuenta el abuelo, las noches se convertían en magia volando por la habitación de solo recordar el nombre de las estrellas y los colores del espacio entre ellas.

Los años pasaron y ella tuvo que dejar la vecindad también, tuve que limpiar los recuerdos y organizarlos al revés pintarlos de blanco, del blanco verdadero, el sauce cambió de parecer y ahora compartía mas tiempo con migo; fui creciendo y fui olvidando, fui cambiando y fui contando; ya el tiempo no era tan corto como antes, mi adultez fue llegando y con ella su memoria, sus recuerdos, los nombres, la vecindad, los colores y ella (señaló la foto), mis gafas ya están sucias, ven colores casi blancos que no llegarán a serlo; el hombre de ahora trae copias malinterpretadas del amor, réplicas mal hechas de la vida, y sueños despiertos de alegría…

Hoy en día el abuelo de la casa de verde sale muy temprano a recordar que el blanco blanco si existió y a pensar junto al viejo sauce que recuerda su niñez, el nombre de las estrellas que esporádicamente se ven, mientras camina, recorre y le da vueltas al parque que guarda sus pensamientos empeñados  y la sonrisa de ella, ahora ya no puede  morder una manzana, pero las aves lo conocen y llegan a el sin necesidad de silbarles. El ahora después de unos cuantos pasos se cansa y toma asiento, respira y sigue esperando volver  a ver la vecindad tranquila como antes, la amabilidad en el saludo de la gente y que ojala esas trescientas cincuenta y siete personas y tres mil niños puedan andar con los zapatos sueltos sin pensar en caerse así no se vistan de blanco.

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Esta entrada fue publicada en Cuento.

2 comentarios el “El abuelo de la casa verde

  1. laura dice:

    me encanta

  2. laura dice:

    sucederá que así no se vistan de blanco pensarán en el verde de la casa y jamás pasará por sus cabezas el término caer.

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