Por: María Camila Núñez Bergsneider
Desde aquella noche observo con visión abismal y extendida lo que sucede alrededor.
Desde aquella noche disfruto aún más los paseos a la finca. Me encanta ir a tirarme en el pasto y dar vueltas, llegar a la casa oliendo a perro, a chivo, a llama, a venado, a campo.
La noche de la que hablo fue en otra ciudad en la que nunca había estado. Todo el mundo siempre decía lo bonita que era, que se pasaba rico, que esto, que lo otro. Nada me pareció raro hasta la noche (otra vez la palabrita) que fui a un parque muy recurrido por los adolescentes de dicho lugar, hasta la mujer barbuda y tres pares de siameses se aparecieron por allá, ellos jóvenes por su puesto.
Todo allí era un juego de luces y colores. Los sabores, ¡qué me dicen de los sabores!, gloriosos huracanes de estos mismos, que si quisieran podrían derrumbar toda la civilización, pero no lo desean así por la lástima que nos tienen a los repulsivos humanos, por no poder contemplar ni la mitad del espectáculo que tenemos a nuestro al rededor. Después de pasar varias horas divagando y hastiándonos con el esplendor del ambiente, un par de buenos amigos y yo, decidimos tomar un taxi y darle las indicaciones al chofer, gordo y fumador, para llegar a nuestro peculiar hospedaje.
Llegamos.
A continuación, presento tres más uno pensamientos y preguntas hechas al aire durante y sobre nuestra temporal y sobretodo estrambótica morada (las ordené de forma cronológica para comodidad propia, ya que para usted, querido lector, bajo ninguna circunstancia tendrán sentido):
-¿Qué se puede esperar de la cordura del mortal que entra por decisión propia a una casa con un pino sin fin en el patio frontal?
-¿Qué se puede esperar de una residencia con una hamburguesa como teléfono?
-El hamburguemofono sí sirve, se escucha con interferencia, pero sirve.
-En este rancho no se puede dormir por ese desgraciado fantasma de presencia bastante clichesuda. Blanco, así como una sábana flotando, tenía un par esferas azules en las cuencas oculares que brillaban en la oscuridad. El miserable se la pasa haciendo ruiditos y no deja pegar el ojo.
Nos fuimos.
Es en las despedidas donde acostumbro a repasar todo lo que sucedió en los momentos previos a este emotivo y sumamente cursi instante, y esta vez no fue la excepción.
¡Saz! Vienen las lágrimas después de darme cuenta que todo pasó y no volverá, no volverá nunca a pesar de lo que diga la gente, no volverá nunca a pesar de dar un paseo en bicicleta mientras siento un ligero sabor amargo en los bordes de la lengua.
Al mismo tiempo que pienso esto, sin darme cuenta, ya estoy en un bus de regreso a mi realidad, un bus de regreso a la desesperanzadora cotidianidad (¿si me quedaba allá se volvería rutinario todo también?)
Me asomé por la ventana fría y medio empañada del vehículo, vi a los personajes prefabricados del parque, les sonreí pero ya todos me habían olvidado, ni por educación levantaron la mano. Todo pasa, todo cambia y no me doy cuenta por estar pendiente de los arreglos del tema que me mencionaron de Los Fabulosos Cadillacs, al principio no lo reconocí por el nombre, pero noté que lo había escuchado por lo menos unas 38 veces anteriormente y por eso se me hacía familiar.
Desde aquella noche solo añoro silencio, que todos cierren la boca, que no me hagan favores si no se los pido.
Después del viaje quedé con un ruidito en el oído izquierdo, eso hace que me fastidien hasta los bostezos de mi madre que está sentada en el sofá. Recostada en mi cama, retorciéndome en las sábanas aprisionadoras, formo figuras en las nubes, levanto la mano para palparlas pero olvido que jamás aprendí a llevar tan alto mis extremidades.
¡Que bonito es cuando todo se dobla y desdobla!
Todo está bien en esta colina, todo esta bien en este desierto. De-cierto, De-falso.
Apago las luces ya, nadie me va a llamar.